Se cruza en mi vida Nuria, la impulsora de unos viajes al desierto que combinan la aventura con el yoga y el coaching, y a los que ha bautizado con el sugerente nombre de “Té a la mente“. Tengo pendiente conocer de primera mano su historia personal, aunque en su web cuenta que viajar al desierto desencadenó todo un descubrimiento y puso toda su vida patas arriba.

Viendo las maravillosas fotos del desierto, me doy cuenta de que la existencia del hombre y la mujer occidental se ha convertido en un verdadero vivir en el desierto. Asociamos el desierto a una enorme acumulación de arena, una inmensidad de tierra hasta el horizonte, en donde la vida apenas es posible por la falta de agua.

El mundo del coaching ha asociado cada uno de los cuatro elementos a un tipo de personalidad: La tierra representa el apego a lo material, al baño de realidad, al tener los pies bien asentados. El fuego es la fuerza, la energía que hace moverse y posibilita la acción. El aire es la visión y el sueño de que no hay nada imposible. Y el agua son las emociones y el cuidar de los otros.

En cada persona hay un elemento predominante. Así, nos podemos encontrar a quienes para avanzar necesitan la seguridad de dar pasos firmes, a quienes sueñan sin poner los pies en la tierra, a quienes tienen la determinación de hacer esos sueños realidad y a quienes buscan que en el viaje los demás se sientan cómodos. A los tierra les gusta medir y concretar; a los fuego, motivar y sacar la pasión; a los aire, generar ideas y ampliar la visión y a los agua, evaluar, dudar, elegir y encauzar.

No hay un elemento mejor que otro. Todos son necesarios. Si la vida sólo tiene sentido con la muerte, descubrir cómo es la existencia sin alguno de los elementos nos puede enganchar de vuelta con la vida. En medio de la nube negra de la gran ciudad deduzco que esa debe ser la gran lección que nos depara el desierto.

El desierto se convierte en espejo y metáfora del mundo occidental, en el que se secan las emociones; mejor dicho, las estamos enterrando bajo una enorme montaña de materialismo terrenal. Hemos sustituido el ser, esas emociones de las que estamos cada día más desconectados, por el tener.

Cuantas más cosas acumulamos, más se desertizan nuestras relaciones. Y no nos damos cuenta de que mostrar la vulnerabilidad de cada uno, esas debilidades con las que conectan nuestras emociones, nos hace más fuertes. Tras todo eso que no queremos mostrar, se esconde el oasis de nuestra esencia. Lograr lugares en los que poder ser nosotros y nosotras, sin máscaras, sería tanto como convertir los entornos tóxicos que muchos habitamos en auténticos vergeles. Sin el agua que representan las emociones, desaparece la vida.

 

P.D. Espero compartir alguna vez viaje al desierto para comprobarlo con Nuria, quien encontró su pasión aparcando por unos días sus gafas de contable para convertirse en una Indiana Jones del siglo XXI.