A veces escucho hablar a alguien que me acaban de presentar. Llevado por la curiosidad, sigo atentamente su discurso e, invariablemente, se van encendiendo bombillas dentro de mi cabeza. Son señales de alarma que se disparan cuando algo no coincide con mis valores o mis creencias.

Hoy me he dado cuenta de que es un campo de minas que han colocado mis miedos ante la posibilidad de que alguien se aproxime demasiado. ¿De qué me están protegiendo? ¿Qué quiere evitar mi Ego, que es el responsable de que toda esa estrategia de autodefensa?

Le doy un poco de tiempo y aparece una solución. Esas bombas que explotan son partes de mi personalidad a las que no quiero mirar, que mantengo ocultas, porque sentirlas me producen un profundo dolor.

Cualquier persona que aparece en nuestras vida es un regalo, que viene a reflejarnos lo que tenemos por dentro. Todo aquello que enjuiciamos de esa otra persona, lo llevamos también nosotros, aunque nunca nos hayamos dado cuenta.

Cuando aparece alguien con dudas, es porque la duda habita en nuestro interior. Cuando nos encontramos con una persona triste, es porque la tristeza y la melancolía son nuestras emociones preferidas.

Entenderlo así es un regalo doble. En primer lugar, porque cada persona, con su reflejo, es una invitación a nuestro crecimiento. En segundo lugar, porque cuando dejas de mirar la existencia desde las borrosas lentes de tus juicios descubres con nitidez la maravilla del ser humano único y perfecto que hay delante a ti.

Todas las personas que nos rodean lo son. Así fueron creadas. No necesitan ser cambiadas ni mejoradas. Lo único que puedes que cambiar es tu forma de mirar. Desde el miedo de tu Ego o desde la belleza de tu corazón. Tu eliges.